Cuando hablé con la familia, dos noches después, por Zoom, se veían eufóricos, sentados en un cómodo sofá rojo, con Amalia acurrucada en los brazos de su madre. Marcano llevaba el pelo trenzado y sonreía a menudo. Después de una hora, más o menos, Amalia se quedó dormida. “Los globos que le dieron de recibimiento, como están suspendidos en el aire, a ella le encantan”, dijo Marcano, mientras acunaba a la niña dormida.
Poco después de esa conversación, Mukherjee me envió más noticias: la familia de Oksana también iba a ser puesta en libertad. Pronto, me dijo, los cinco estarían de camino a la casa de un patrocinador, también en California. Ella interpretó este avance como una señal de progreso; cada vez más, ha logrado sacar a las familias de la detención tras dos o tres solicitudes de parole. Aun así, Mukherjee me dijo: “Literalmente todos los días recibo llamadas de familias detenidas en Dilley que necesitan ayuda. Es una situación horrible tras otra”.
Cuando hablé con la familia india de cuatro miembros en Dilley, Guri, de doce años, me dijo que extrañaba jugar al fútbol en su escuela en Los Ángeles. Ahora, dijo, se sentía como “un pájaro en una jaula: solo te dan de comer y te mantienen aquí, como si estuvieras atrapado”. Su hermana, Manpreet, una genia de las matemáticas de once años, había estado en la clínica la noche anterior, buscando ayuda porque estaba vomitando, pero la habían rechazado. Ese incidente y otros similares la enfurecieron: “Es como cuando te encierran en un lugar y no puedes moverte a ningún lado y ni siquiera tienes un poquito de libertad”. Poco después, sus padres comenzaron a llorar. “Antes de estar aquí, mi hija hablaba con normalidad, pero ahora se pone agresiva”, me dijo su padre. Ver a sus dos hijos luchar contra el confinamiento y la negligencia médica había sido, dijo, una forma de “tortura mental”.
Hace poco busqué información sobre Kornéi Chukovski, cuya poesía Kamilla había estado leyendo. Descubrí que una de sus series tiene como protagonista a un personaje llamado Doctor Aibolit —que podría traducirse más o menos como “Dr. Ay, duele”—, que se dedica a curar a los animales. Cuando se enfrenta a una emergencia médica, el doctor Aibolit actúa con destreza y compasión: “No hay problema”, exclama en un poema. “¡Tráemelo para acá!”. Una madre liebre está tan contenta que, en un momento dado, se ríe y grita: “¡Bueno, gracias, Aibolit!”.
Pude ver por qué a Kamilla le había encantado Chukovski, y no solo por su sentido del humor. Les envié a ella y a su madre uno de los poemas que había encontrado traducido. Cuando el doctor se entera de que hay animales jóvenes enfermos de cólera, apendicitis, malaria y bronquitis, corre a toda prisa por campos, bosques y montañas para atenderlos. Al final del poema, una de las criaturas exclama: “¡Gloria, gloria… Gloria a los buenos doctores!”. ♦
(Traducción de inglés a español por Sabrina Duque.)
Este artículo fue publicado en inglés, en la edición impresa del 20 de abril de 2026, con el título “No Mercy”.
Sarah Stillman, escritora de planta, ganó un Premio Pulitzer en el 2024 por su investigación sobre la doctrina jurídica de “felony murder” (homicidio en la comisión de un delito grave). Dirige el Laboratorio de Periodismo de Investigación de Yale y fue seleccionada como MacArthur Fellow en 2016.
